El mayor tesoro

¿Quién no se ha quejado alguna vez por lo que le pasa o no le pasa, por lo que tiene o no tiene?

La queja es una fiel compañera cuando decides que se quede contigo. Está contigo cuando suena el despertador, cuando estás en el atasco mañanero, cuando haces cola en el mercado, cuando pagas tus impuestos, cuando estás en la consulta del médico, cuando tienes que cambiar los planes, cuando llevas a tus niños al fútbol, cuando vas a una entrevista y cuando no vas, cuando llueve, cuando hace calor… y podría seguir.

La queja es una mala costumbre, nos hace sentir cada vez peor, nos roba paz interior, crea negativismo a su alrededor y cae en terreno baldío.

Y entonces ¿para qué nos quejamos?. Nos quejamos cuando no se cumplen nuestras expectativas. Es un mecanismo de defensa. Con la queja echamos la culpa de lo sucedido a circunstancias ajenas a nosotros, liberándonos de nuestra responsabilidad o de la tensión que nos produce tener que salir de nuestra zona de confort.

La queja se mantiene porque se obtiene un refuerzo:  la atención de los demás. Pero cuidado,  si aplicaras una sobredosis de queja te quedarías sin refuerzo.

Para deshacernos de la queja debemos quitarnos la venda de los ojos, tomar consciencia de la realidad que nos rodea, los recursos y tesoros que poseemos o tenemos a nuestro alcance. Lo podemos conseguir solos, pero a veces necesitamos ayuda, como ilustra este cuento popular mongol:

Todas las mañanas el anciano Nassan se levantaba al alba para contemplar el maravilloso regalo del nacimiento de un nuevo día.

Nassan vivía en una sencilla tienda de tela y pasaba la mayor parte del tiempo cuidando su ganado.

Un día, el anciano montó a caballo y salió en busca de sus ovejas. Llevaba un rato cabalgando cuando se encontró con un chico sentado en el suelo, cabizbajo. Al llegar junto a él, Nassan le preguntó:

– ¿Qué te ocurre muchacho?

El chico levantó la cabeza y el anciano vio su mirada triste.

– Que no tengo nada, ninguna riqueza. Mi vida es un desastre. Me he quedado sólo en el mundo con 12 años y no tengo ni un techo donde cobijarme -se lamentó Bat, que así se llamaba el muchacho.

– Lo siento mucho -dijo el anciano-. Pero tienes toda la vida por delante, no deberías ver las cosas con tanto pesimismo.

– ¿Y cómo quieres que las vea?  !Estoy solo y no tengo nada!

– Yo,  en cambio veo que posees muchos tesoros. -dijo Nassan.

– A ver, ¿cuáles son esos tesoros? – retó Bat.

– Escucha, Bat, te propongo un trueque. Dame uno de tus ojos y yo te daré mi rebaño de ovejas.

– !Qué dices! !No cambiaría uno de mis ojos por nada del mundo!.

– Muy bien- aceptó Nassan-. Entonces, dame uno de tus brazos y yo te daré mi manada de caballos.

– !No, no! -gritó el muchacho- !Por ningún precio vendería mi brazo!

– Como quieras -aceptó Nassan-. Hablemos de tus piernas. Te ofrezco por ellas mi tienda y todas las riquezas que guardo dentro.

– No, no! -volvió a gritar el muchacho-. !Ni por todo el oro del mundo me desprendería de mis piernas!.

Nassan se echó a reír.

– ¿De qué te ries? -preguntó Bat-.

– ¿No te das cuenta? -comentó el anciano- !Es mucho más valioso lo que tienes tú que todas mis posesiones! Tienes salud y juventud. !Tú eres en ti mismo, el mayor tesoro!

Bat abrió mucho los ojos al darse cuenta.
– Tienes razón. He sido un necio, me siento avergonzado.

– No, muchacho. No debes avergonzarte. Sólo necesitabas que alguien te hiciera ver lo evidente.

– Y tú lo has hecho. Te lo agradezco.