couching familiar

 

Carlitos me ha suspendido las mates“.

Esta es una frase que he oído con frecuencia entre las madres refiriéndose a las calificaciones o resultados de sus hijos.

Incluso  a veces he percibido cierta competencia entre madres/padres por esa buena nota o ese trabajo bien hecho, como si la nota se la pusieran a ella/ellos, y es que por el afán de protegerles, de evitarles cualquier sufrimiento les ayudan a hacer los deberes para asegurarse que los lleven correctos y terminen antes,  les recogen su habitación, les visten, les dan de comer para que no se manchen, les defienden de los conflictos con amigos o profesores sin conocer los hechos…

La angustia, preocupación y malestar que produce a los padres el sufrimiento de sus hijos les lleva a actuar de esta forma, lo que es un craso error pues evita su aprendizaje, explorar nuevas emociones, resolver conflictos, buscar soluciones, sacar conclusiones.

Cada vez que evitamos a nuestros hijos una situación en la que puede sufrir les negamos la posibilidad de crecer, de madurar, de descubrir qué son capaces de hacer y de mejorar, de calibrar las consecuencias de sus conductas, que es lo que realmente les lleva a ser responsables.

El papel de los padres es el de transmitirles seguridad, ejemplaridad, consejo, poner limites y amor incondicional. No es el de sobreprotegerlos en una burbuja al margen de la realidad de la vida, evitando que se enfrente de forma natural a los problemas que tiene que vivir,  a las soluciones que tienen que buscar y a las consecuencias que tiene que asumir.

Los niños que han sido educados en una burbuja anti sufrimiento, están acostumbrados a que les sirvan y les resuelvan todo, por lo que tienden a ser tiranos, exigentes, vagos, miedosos, inseguros y con menos capacidad de esfuerzo y de adultos tienen problemas con la gestión de la frustración, la ansiedad, el miedo o la tristeza, ante la experiencia del desamor, la pérdida del trabajo, la crítica de los amigos, el duelo por un ser querido, la soledad,…

Y eso es algo de lo que los padres no vamos a poder protegerles. Por eso es tan importante que aprendan a gestionar, desde la infancia, de forma eficaz sus sentimientos y estén preparados para ser adultos maduros y emocionalmente responsables e independientes.

Para que un niño aprenda a ser responsable tienen que exponerse a las consecuencias de ser irresponsable, por ejemplo repetir un curso y tendrá la necesidad de cambiar sus conductas.

Para ser autónomo necesita practicar el aprendizaje ensayo – error y la repetición y comprobar si le lleva al éxito buscado. Ésto implica que para aprender hay que equivocarse, volver a intentarlo,  invertir esfuerzo en conseguir sus metas y eso hará que se valore de forma positiva, que tenga una buena autoestima, que confíe en sus recursos y desarrolle estrategias para resolver los conflictos que aparezcan en su vida.

Fomentar el que se busquen la vida y no dárselo todo hecho, invitarles a que sean creativos, que den forma a sus ideas y las sepan defender, que sean críticos y que tengan iniciativa para emprender y no ser dependientes.

Imagine que su hijo le pide dinero para comprarse algo, rétele a encontrar la manera de conseguirlo, por ejemplo, lavando el coche, o cualquier otra idea que a él se le ocurra, si se lo damos sin mas no valorará lo que cuesta ganarlo.

Recuerde: si resuelve la cosas por ellos, en lugar de enseñarle cómo se hacen, terminará por educar a una persona inútil, con pensamientos del tipo: “yo no puedo”, “yo no valgo”…

 

Deje de lado el perfeccionismo y pregúntese qué es capaz de hacer su hijo, con la edad que tiene y qué consecuencias tendría, tanto si se equivoca como si acierta. Valórelo, apóyele en los errores y celebre sus éxitos.

 

Esta receta de educación eficaz y afectiva va aderezada de una buena dosis de besos, abrazos, risas, reconocimientos, felicitaciones y un amor incondicional que le brinda seguridad y confianza.