decisiones

Nuestra vida se construye con las decisiones que tomamos: estudio la carrera, elijo ese trabajo, me caso con este chico, acabo con esa relación, me voy de la ciudad, perdono aquella ofensa, compro este coche, me meto en ese negocio….Somos el resultado de las decisiones acertadas y erradas que hemos tomado.

Con cada decisión la vida toma una dirección concreta, por eso decidir genera miedo a equivocarse. Tal es así que algunas decisiones quedan aplazadas por demasiado tiempo, aunque no tomar esa decisión en un momento, también lo es. Sin duda la peor decisión es la indecisión. Es preferible equivocarse, al menos aprenderemos algo.

Para tomar buenas decisiones propongo hacer uso de un sistema que tiene tres pasos: el primero definir exactamente el problema, el segundo hacer buenas preguntas y el tercero aceptar la posibilidad de equivocarnos.

Es más habitual de lo que parece que algunas personas no pueden conseguir lo que desean porque no definen sus metas de forma nítida. Es decir, para lograr lo que quiero en la vida tengo que decidir que es lo que quiero. Parece de perogrullo pero a veces tomamos decisiones con criterios prestados o tratamos de agradar a los demás actuando acorde a sus expectativas, creándonos malestar por ir en contra de nuestros valores. Para asegurarnos de que la decisión es nuestra debemos preguntarnos sí lo que decido es lo que yo deseo. Hacernos cargo de ello es la mejor prueba de una sana autoestima.

No conozco la clave del éxito pero sé que la clave del fracaso es tratar de agradar a todo el mundo” Woody Allen.

En el proceso de decidir la mejor ayuda son las buenas preguntas, aquellas preguntas orientadas a la solución no al problema, cuyo fin es estimular nuestra creatividad y activar recursos internos. Preguntas que nos abran un festival de opciones, que por muy peregrinas que sean puede ser el germen de algo extraordinario tras someterlo a nuestra capacidad de análisis y reflexión.

No pueden faltar las preguntas que me confirmen que lo que decida hacer está alineado con mis valores y que me van a aportar ilusión y energía para perseverar en ellas frente a los obstáculos que se presenten. Estas pueden ser: ¿Esta decisión me agrada a mí o es para agradar a otros? ¿Lo que elijo me ilusiona y me da vitalidad? ¿Mi decisión está acorde con lo que es importante para mi?

Una vez tomada la decisión debemos permitirnos probar, errar y aprender. Aceptar nuestras equivocaciones amplía la visión de la realidad, impulsa a asumir la responsabilidad y posibilita el aprendizaje. Los errores son la otra cara del éxito.

En la cultura anglosajona se valora a las empresas y personas que han tenido errores, los han corregido y eso les ha llevado a triunfar; por encima de quienes en su recorrido no han tenido ninguno.

No pensemos en el error como un fracaso, si no que aún no sabemos la manera de conseguir lo que queremos. Fracasamos sólo cuando abandonamos.

Aunque decidamos siguiendo este sistema, sabemos que es imposible tenerlo todo siempre controlado. No podemos responder ante ciertas circunstancias ni ante lo que harán los demás, por lo que nos conviene trabajar dos actitudes ante la incertidumbre: la flexibilidad y la paciencia.

Una inesperada situación nos invita a tener cintura, a hacer un cambio de rumbo o a esperar. Cuando se presenta una situación no prevista podemos actuar quejándonos y enojándonos generando una sensación de impotencia que nos llevará incluso a la depresión. También podemos resignarnos y convertirnos en víctimas de las circunstancias y las personas, quedando nuestra voluntad en la sombra, comportándonos como seres indefensos. El modo más saludable de vivir con las vicisitudes es aceptarlas, reconocerlas, estudiar las dificultades y oportunidades que traen. Preguntarnos qué aprendemos ante ellas y qué necesitamos para sortearlas, sin perder fuelle en buscar culpables o preguntarnos si hubiera hecho las cosas de otro modo.

La paciencia es la actitud que lleva al ser humano a soportar contratiempos y adversidades con fortaleza, equilibrando las emociones fuertes, generadas de las aflicciones y sin lamentarse, para conseguir algún bien. Esto hace que las personas que tienen paciencia sepan esperar con calma a que las cosas sucedan, ya que piensan que las cosas que no dependan estrictamente de uno, se les debe otorgar tiempo. Es el espacio para ser introspectivo, escuchar la intuición, dejar aflorar nuestra creatividad, regalarnos momentos de calma, meditar, buscar buenas conversaciones, pasear….. Así durante nuestra espera mantenemos la confianza en tomar la decisión adecuada, con iniciativa y asumiendo los riesgos.

No intente controlarlo todo, no podrá y no decidirá.

No importa cuál sea la situación , ni cuales sean los materiales que tienen enfrente, este es el momento perfecto y lo que hay es lo correcto. Láncese al caos, no intente controlarlo todo.” Frank Barrett