Creemos que nuestra  visión del mundo es la única  verdadera.

La razón resulta tan atractiva que la defendemos aún perdiendo las formas y el sentido común.
Sin embargo no siempre nos satisface.
En defensa de nuestra razón adoptamos una postura rígida e inflexible, nos enrocamos en una idea que adquiere condición de verdad,  apuramos todos lo argumentos científicos, filosóficos… Nos enfadamos, insultamos, llegamos a decir cosas de las que más tarde nos arrepentimos, sembramos división y discordia, con tal de tener la razón.  Si no nos la dan, la exigimos con dureza, nos ponemos a la defensiva o nos retiramos cabizbajos y resentidos. Porque perderla es perderse. No en vano, creemos que no tener razón es estar equivocado. Pero ¿tener razón nos hace ser mejores, más felices?
Las personas obstinadas, curiosamente  son las últimas en enterarse de que lo son, porque se consideran a si mismas impregnadas de un don superior que les concede la verdad de la buena. Atrapadas entre el orgullo, la ira, el resentimiento y la envidia no son capaces de conectar con los demás, ni con el contexto, son bordes, evitan empatizar y comprender para no perder la razón . No son conscientes de que su terquedad es debilidad disfrazada de fuerza y que solo ponen de manifiesto su falta de madurez emocional.
Esto evidencia la necesidad de que los demás validen sus opiniones, decisiones u opciones vitales, poniendo de manifiesto su falta de autoestima. Al tener el foco puesto en la valoración externa, tener razón, adquiere gran relevancia.
Y es que nadie sufre más que el obstinado. ¿Se imaginan lo agotador que es pasarse la vida buscando aprobación, mostrase seguro de todo, discutir por un quítame allá esas pajas y airándose hasta el infarto?. Es duro tratar que en todo momento te hagan caso, te escuchen y en definitiva te quieran.
Si canalizara toda esa energía que gasta para imponer su razón, para abrirse a los otros, para conocer sus puntos de vista y enriquecerse de ellos y abandonara todo intento de defender que las cosas sean como el quiere, sería más feliz.
“No hay nada repartido de modo mas equitativo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente”. René Descartes.
Pensándolo un poco, nos damos cuenta que la mayoría de la conversaciones tienen que ver con opiniones que tenemos de las cosas que suceden en nuestra vida y en el mundo en general: hablamos de la última película que hemos visto, del restaurante de turno, de actuaciones políticas, de religión, del trabajo….Asuntos que dependen de nuestros pensamientos egocéntricos y de nuestras interpretaciones subjetivas condicionadas por prejuicios y creencias.
Un acontecimiento puede generar tantas opiniones como seres humanos la observan. De ahí la importancia de comprender que “el mapa no es el territorio”. Esto quiere decir que la realidad es la que es y cada persona tiene su propio mapa mental.
Estemos de acuerdo o no  con lo que sucede, al aceptar que las cosas son como son y no perdamos el tiempo en juzgar, en etiquetar y en criticar, cultivamos la humildad que nos permite comprender que las cosas siempre tienen una razón de ser.
El factor más importante para lograr la aceptación y la humildad es practicar  la escucha. Cuando escuchamos creamos un espacio de conexión, empatía y confianza en el que es posible comprender las necesidades, sentimientos y motivaciones de la otra persona. Esa es la esencia de una conversación enriquecedora.
¿Tener la razón de qué manera influye en la calidad de tus relaciones?